10-08-2018         147
Dos bikers entrerrianos de la AECM
Rondan los 60 años y cumplieron el sueño de llegar pedaleando a cataratas
Travesia de Pedro y Diego contada por ellos mismos y algunas postales del viaje
Rondan los 60 años y cumplieron el sueño de llegar pedaleando a cataratas
Diego Silvestre tiene 62 años y Pedro Broder cumplirá 60 en noviembre. Son de Cerrito y en su ciudad integran un grupo de aficionados al ciclismo, en el que algunos hacen salidas recreativas más esporádicas y otros, como ellos, participan en competencias de Rural Bike. Pedro, incluso, salió campeón dos veces en su categoría, y aunque levantar el trofeo le significó una enorme satisfacción, destaca que con correr a su edad y llegar a la meta ya siente que triunfó. "Con salir, ya consideramos que ganamos, a lo mejor no una copa, pero sí ganamos amigos y momentos con gente con la que intercambiamos anécdotas, comemos un asado, y compartimos gratos encuentros en familia", aseguró Pedro, quien acaba de llegar de una extensa travesía en bicicleta de 1.100 kilómetros hasta las Cataratas del Iguazú, cumpliendo un sueño que gestó con Diego, con quien comparte el espíritu de superación personal que los impulsó en esta hazaña, más que la fuerza de sus piernas.

"Con Diego estamos en la misma categoría, que se llama C2 e incluye a corredores de 60 a 64 años. Salimos a practicar unas cinco veces y me preguntó si me animaba a ir hasta Cataratas desde Cerrito", recordó Pedro, en referencia al inicio de esta aventura que los motivó desde el principio.
Para él no fue tan fácil decir que sí, ya que venía de recuperarse de una quebradura en la clavícula, producto de una estrepitosa caída en una carrera en el mes de abril, que lo mantuvo inactivo un tiempo. Fue entonces que le consultó a su entrenadora y ella le respondió que si se lo proponía, iba a lograrlo: "Me recalcó que todo está en la cabeza de uno, y me ayudó a decidirme", contó con orgullo.

Se dispusieron arrancar a fines de julio, acomodando tiempos de vacaciones propios y también de Hugo, hermano de Diego, que se ofreció acompañarlos junto a su hijo Alejandro en camioneta, para proporcionarles apoyo logístico ante cualquier contingencia y, de paso, ir retratando y filmando los momentos más importantes de la travesía.
Se sentaron con un mapa para ver qué caminos les convenía tomar y delinearon el itinerario, sabiendo que los accidentes geográficos que ofrecen las rutas misioneras serían un inmenso desafío, pero nada los amedrentó.

Salieron el sábado 21 tempranito, a eso de las 8. Se encontraron con que todavía no se había disipado la helada implacable que cubrió de blanco la región y que marcó una de las temperaturas más bajas de este invierno, pero ni eso los detuvo. Habían decidido en el primer tramo pedalear hasta Esquina, Corrientes, recorriendo 200 kilómetros. Iban regulando la velocidad, acelerando o aflojando según les daba el cuerpo. Almorzaron liviano en La Paz y siguieron, hasta llegar al punto definido, donde repusieron energías cenando un pacú y durmiendo parejo hasta el amanecer del día siguiente.
La segunda jornada se formularon llegar a Bella Vista, pedaleando unos 196 kilómetros. "Ya habíamos hablado previamente de que teníamos que aprovechar a hacer más kilómetros mientras el camino fuera llano, porque en Misiones está el problema de las lomadas. El esfuerzo era muy grande y aprovechamos que teníamos viento de cola. Pasamos por San Miguel, donde está la entrada de los Esteros del Iberá, y al final hicimos 216 kilómetros, hasta Loreto, donde nos quedamos en una cabaña", comentaron los ciclistas.

Ya estaban en Misiones y el tramo final se acercaba. Les tocaba llegar a Garupá, pegado a Posadas. Fueron por la circunvalación para no entrar a la capital de la provincia y así esquivar el tránsito. Pedro recordó que ese fue el día más difícil para él, y estuvo a punto de abandonar el periplo, preso del cansancio: "Ya estaba mal psicológicamente. Hacía un frío que calaba los huesos y no me podía abrigar más, porque sino iba a transpirar e iba a ser peor, porque hay que ir manejando la temperatura con un abrigo medio", señaló.
La ausencia de cartelería que les indicara cuánto les faltaba para llegar era un punto en contra. No obstante, lograron avanzar 171 kilómetros más, aunque se fueron topando con pronunciadas lomadas, que los obligaron a incrementar el esfuerzo.
Llevaban cuatro días de trajín y se tomaron el tiempo de visitar a conocidos. Al respecto, Pedro comentó: "Debíamos parar para hacer una visita obligada a una amiga que es de Suiza y vive en Ruiz de Montoya. Pero antes nos llamó alguien de Cerrito que se fue hace 40 años y se afincó en Jardín América, y nos dijo que nos esperaba con un asado, así que fuimos y lo pasamos maravilloso. Y nuestra amiga de Ruiz de Montoya nos recibió con una cena reconfortante, y como nos había agarrado lluvia nos lavó y secó la ropa. Y al otro día nos preparó una desayuno formidable para seguir".
Las cuestas arriba eran intensas, pero algo de alivio encontraban en los descensos. En la mayoría del trayecto tenían banquina asfaltada y era un aliciente. Siguieron hasta María Magdalena y fue la última parada antes de llegar a destino, tras seis días y medio. "Hicimos más de 90 kilómetros hasta que llegamos a Cataratas. Fue tan grande la emoción, que me quebré", rememoró, emocionándose de nuevo con tan grato recuerdo, destacando que se puede lograr una meta cuando hay un gran anhelo.
"Diego, mi compañero, me dio una mano para no flaquear cuando me ganó el cansancio, y el último día yo estaba con tanta adrenalina por llegar que me tocó alentarlo", resaltó por último, ya desde su casa de Cerrito, adonde arribaron el domingo en camioneta, después de recorrer una de las siete maravillas naturales del planeta y con la satisfacción de cumplir un sueño y superarse a sí mismos.